A pesar de todas las maravillas de esas tierras y su respeto por aquellos con los que se encontró, vio muchas cosas que le preocuparon: mendigos chinos dispuestos a morir encima de los sepulcros abiertos de Beijing, niños que no eran más que harapos, ignorancia y desesperación por todas partes. Y al final, llegó a la conclusión ineludible de que a pesar de la sabiduría de sus textos antiguos, el Oriente no tenía las respuestas a las miserias de la condición humana; era evidente en la degradación y la tristeza de su gente.

Al regresar a los Estados Unidos en 1929, Ronald reanudó su educación formal. Después de asistir a la Escuela Preparatoria privada de Swavely en Manassas, Virginia, se graduó en la Escuela para Varones de Woodward en Washington, D.C.





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