En uno de sus experimentos iniciales sobre el tema, empleó un aparato llamado fotómetro de Koenig para medir la onda de sonido. Dos estudiantes leyeron poesía frente al aparato en dos idiomas muy diferentes: japonés e inglés. Encontró que el aparato identificaba el habla como poesía sin importar el lenguaje. Cuando se leyó un haiku en japonés original, las longitudes de onda producidas por el fotómetro de Koenig eran las mismas que aquellas producidas cuando se leía el verso inglés.

A partir de esto, concluyó que había evidencia científica de que la gente no era tan diferente como le habían hecho creer, que en realidad había un punto de enlace y que todas las mentes, en realidad, respondían en forma idéntica al mismo estímulo.





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